Sádicos... y masoquistas



Todos sabemos que el sadismo es la perversión de obtener placer cometiendo actos de crueldad o de dominio sobre otra persona, y que el masoquismo es la obtención de placer al ser víctima de estos actos. Pero hay una segunda acepción de ambos términos, menos conocida, pero igualmente válida. Leamos el DRAE:

Sadismo: Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta.

Masoquismo: Cualquier otra complacencia en sentirse maltratado o humillado.

¡Bingo! Somos un pueblo masoquista en manos de un Gobierno sádico.

Uno de los instrumentos de manipulación que con frecuencia practican los regímenes totalitarios es el de humillar a los ciudadanos para hacerles entender quién es el que manda. Así vemos, por ejemplo, las largas colas de los pobres cubanos, libreta de racionamiento en mano, esperando pacientemente su medio kilo de azúcar por mes. O a los pobres norcoreanos presenciar el abuso de autoridad de los cuerpos de seguridad del Estado sin siquiera levantar los ojos. O a los pobres zimbabuenses de la oposición ser violentamente atacados por los “Bomberos Verdes”, un grupo de niños-soldados entrenado y pagado por el Gobierno, y todo sigue igual.

Es un horror que un pueblo acepte como normales hechos que no lo son, pues termina como los cubanos, norcoreanos y zimbabuenses: reprimido sin poderlo evitar, abusado sin poder quejarse, humillado sin poder reivindicarse.

Aquí vamos en ese camino. La inseguridad ha escalado sus picos más altos, ¿y qué dice el Gobierno, cuando dice algo?: que la seguridad “es asunto de todos” (¿?). ¿La falta de agua?… “en 2003 fue peor”. Y las fallas de electricidad, por supuesto, son culpa de “la cuarta república” y del “imperio” (¡¡¿de quién más?!!). Y nosotros, aguanta, aguanta y aguanta. Por eso no es de extrañar que sigamos aguantando.

Hace una semana sufrí los abusos de la autoridad en la Autopista Regional del Centro, cuando un guardia vial trancó el tránsito “cinco minutos” y duró más de una hora: “Están raspando la vía”, dijo. Nadie se quejó: la gente se bajó de sus carros y se puso a conversar. Yo toqué corneta y me vieron como si estuviera loca. Y cuando pasamos, no habían raspado nada.

Yo me niego a ser una sumisa masoquista. Si en el país de los ciegos el tuerto es rey, en el país de los masoquistas el rey es el sádico. ¿Lo vamos a aceptar?


Carolina Jaimes Branger
Original aqui

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