Fatalmente libres



Con la ayuda de la razón nos hemos convertido en una especie exitosa. Pero es principalmente, con el libre albedrío y los sentimientos, con lo que Dios nos consagro como seres humanos, como seres espirituales.
La libertad supone riesgos, miedo al destino, a nuestras carencias, al azar, al prójimo y a la muerte. Por eso Dios, en su infinito amor y compasión nos enseño el camino de la salvación, plasmado en el viejo y nuevo testamento, el único camino libre de temores.
Jesús mando a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismo; trabajando con empeño por nuestro bienestar, disfrute y felicidad, al mismo tiempo que por el bienestar, disfrute y felicidad de nuestro prójimo. A pensar en la abundancia para que todo el que se esfuerce gane, y ser siempre generosos.
Dios vive en nosotros si tenemos fe, para ayudarnos a conciliar en cada caso, con sabiduría, el amor propio con el amor al prójimo, nuestros intereses con los intereses del hermano, la otra mejilla con la ley del talión.
Dios le señalo a cada uno de nosotros un destino, debemos encontrarlo para darle sentido a nuestras vidas y ser útil a nosotros mismos y a nuestro prójimo.
Somos pecadores, llenos de errores y debilidades, pero también capaces de grandes actos de heroísmo y de belleza. Nuestra historia esta llena de ejemplos en ambos sentidos y si hemos logrado supéranos es porque el amor a prevalecido, entre nosotros, hemos condenado a los peores de nuestra especie y glorificado a los mejores. Dios siempre ha cuidado de nosotros y de sus mejores hijos, pero nunca se ha impuesto para resolver todos nuestros males, como algunos pretende, porque sería degradarnos a la condición de simples animales.
El éxito, como individuos y como pueblo, es nuestra responsabilidad: somos “fatalmente libres”. Por miedo no podemos poner nuestra libertad en manos de un falso Mesías, que pueda robarnos ese divino don.
Por la falsa seguridad de una pensión, una beca, una bolsa de comida, un contrato público; o por el simple miedo a la represión; no podemos condenarnos a ser esclavos, de un régimen totalitario. “Entre las naciones quienes se tienen por sus gobernantes, se enseñorean sobre sus gentes, reclaman derechos y potestades, y se hacen llamar bienhechores. Entre vosotros que no sea así”. Mateo 20:26, Marcos 10:42 y Lucas 22:25
Nuestras tragedias son obras de nuestras acciones y omisiones. El hombre libre, él que vive en Dios, muere una vez. El esclavo, el que vive con miedo, vive muriendo.
El que vive en Dios se compromete con su libertad y con la de su prójimo, no se aísla: se integra.
Los pueblos que viven en el amor de Dios; en la libertad de disponer cada uno, de sus vidas y de sus bienes; y en el amor al prójimo, son bendecidos con la mayor abundancia Son las primeras entre todas las naciones del mundo, y de ellas debemos aprender.

Raúl Zapata. Telf. 0414-815.1929 raulzapataa@hotmail.com

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