¿A qué le teme Chávez?



Freddy Lepage

Es difícil combatir un régimen dispuesto a descalificar la crítica, no importa de donde venga. Los espejismos totalitarios hacen nula cualquier posibilidad de contestación. Siempre habrá una razón para pulverizar el disenso. Esa es una de las características fundamentales de las autocracias. Tanto en la fenecida Unión Soviética, como en la cercana Cuba, esta práctica perversa (convertida en una suerte de fetiche) ha proporcionado grandes réditos a sus oficiantes. Cuando esto no es suficiente para controlar a la sociedad, irrumpe la tentación de sembrar el miedo, apelando al chantaje y las amenazas y, en último caso, utilizando la violencia física y moral. Esta ha sido una constante en la historia de la humanidad. Se exige sumisión incondicional a cambio de una protección absoluta. Por eso los adoradores de la revolución tienen una patente de corso, para hacer lo que les venga en gana.

Ahora bien, quienes se ven compelidos a recurrir a tan deleznables expedientes, demuestran una gran fragilidad frente al colectivo. Necesitan imponerse a la fuerza. Conviven con miedos, pesadillas y fantasmas que los envilecen y degradan paulatinamente. De allí la necesidad vital de reafirmación permanente. Son, simultáneamente, comerciantes de promesas diferidas y resplandores tormentosos de la intimidación. Por eso Chávez pretende convertir a Venezuela en un inmenso campo de concentración. Solamente la paz de los sepulcros podrá calmar su repugnancia hacia la democracia, la libertad, la libre expresión de las ideas, las elecciones; en fin, por las decisiones soberanas de la gente.

Sus reacciones provienen de los manuales de procedimientos comunistas. Son absolutamente predecibles, una copia al carbón de las antiguallas de los países que adoptaron el socialismo real del siglo XX. Por eso ataca a los medios de comunicación social (son sus enemigos estratégicos), a sus propietarios y a los periodistas. Por eso inventa golpes de Estado y magnicidios sin culpables. Por eso se vale de un leguaje apocalíptico, procaz. Por eso insulta, veja y agrede, sin piedad, desde la protección que da el poder. Pero, íahí, a pesar de todo, el emperador presiente que su embrujo y conexión popular se derriten como la nieve cuando la entibian los rayos del sol.

Chávez halaga al pueblo porque le teme. Entra en pánico cuando la masa se levanta para reclamar sus derechos. Chávez, adula a los militares porque les teme. Sabe que necesita de ellos para mantenerse en la Presidencia de la República. Le sirven de contención del descontento social. Pero, también conoce el sabor amargo de la negativa a la represión popular, tal como ocurrió en abril de 2002. Le teme a la contraviolencia de centenares de miles de estudiantes, con las manos pintadas de blanco. Le teme a la unidad de la oposición en los venideros comicios regionales. Le teme al nuevo mapa político que saldrá de ellos. Le teme a Miguel Henrique Otero, y a los planteamientos e incontrastables verdades del movimiento 2/D. Entonces, es capital la participación masiva de los que rechazamos la reelección indefinida, la implantación, a los trancazos, de un comunismo disfrazado de socialismo, la conculcación de los derechos ciudadanos

Le teme a la parte de la comunidad internacional que se atreve a exigir mayor democracia, convivencia y tolerancia para Venezuela. Compra, con los petrodólares de los venezolanos, armamento, silencio cómplice y solidaridades tarifadas en todos los continentes, mientras avanza rugiendo para darse coraje...

freddylepage@cantv.net



http://www.notitarde.com/opinion/fausto_maso/index.html

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