LA LUZ ENCENDIDA


A propósito de la tragedia eléctrica que vive el pueblo venezolano traigo a colación esta vieja anécdota. Hace ya varios años visité a mi primo Pepe en un hotel de Nueva York. Mientras nos dirigíarnos a la calle, se devolvió para apagar la luz que por descuido había dejado encendida. ¿Para qué te preocupas por la luz, si de todas maneras, te van a cobrar por igual? le pregunté.

Algo molesto, se limitó a susurrar, que había razones más importantes que las simples motivaciones económicas. Para entonces no existía lo de la conservación de los recursos naturales y casi le pregunto por esas razones, pero más pudo el orgullo y opté por un prudente silencio.

Durante lustros porté aquella incertidumbre cruel, hasta que la aparición de la crisis energética me dio, por fin, la respuesta al enigma. Busqué entonces la manera de tener un encuentro casual con él, y como quien se acuerda de un hecho trivial, le comuniqué orgulloso mi interpretación del vetusto acertijo.

Pero con la misma impasibilidad de hace 20 años, me respondió de nuevo, que existían razones más importantes que los simples argumentos conservacionistas. Aparté mi vanidad, y descaradamente le manifesté mi angustia por conocer esas verdaderas razones. Cuándo lo averigües por tu cuenta tendrán un verdadero sentido para ti me dijo, cambió de tema y nunca más lo mencionó.

De nuevo el mensaje me atormentó durante años, hasta que un día, en un instante comprendí. Pepe no había apagado la luz por razones económicas, ecológicas o por otras tonterías materialistas, lo había hecho por motivos mucho más nobles, había apagado la luz, simplemente porque ésta no debía estar encendida.

Lo había hecho por asunto de principios. Cada vez que veo una luz encendida innecesariamente, la apago y me acuerdo de mi primo Pepe, quien se fue para siempre sin darme tiempo de agradecerle tan noble enseñanza. Que oiga quien tiene oídos…


Ernesto García Mac Gregor

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