¡Tarde piaste, pajarraco!


Da asco que el Sr. Carter pretenda lavar su sucio semblante reconociendo a media voz lo que la oposición venezolana le reclama desde el 15 de agosto de 2004, cuando pudo haber pasado a la historia como el demócrata ejemplar.

Insólito y digno de Ripley: cinco años después de haber bendecido uno de los fraudes más espectaculares de toda la historia, de haberle dado su visto bueno a todas las medidas electoreras del régimen y haber permitido la entronización del presidente más despótico y antidemocrático de la Venezuela moderna, cosechando por ello ingentes sumas de dinero que jamás serán del dominio público, Jimmy Carter, el manisero que llegó a la Casa Blanca, descubre que el teniente coronel Hugo Chávez, golpista de nación y marxista leninista por conveniencia, gira al autoritarismo y desperdicia una ocasión histórica para hacer algo positivo por el pueblo cuyo poder político usurpa. Por cierto: gracias al maquillaje seudo democrático que le aplicara con unción y experticia la Sra. Jennifer MacCoy, estilista del Centro y una de las mejores recaudadoras de fondos de que dispone el ex presidente de los Estados Unidos.

Por cierto: en sus lloriqueos desde Bogotá obvia recordar que le dio la buena Pro a unos resultados amañados descarada y sibilinamente por alguien tan imparcial, que pasó de la presidencia del CNE a la vicepresidencia de la república sin que se le notara una arruga. Hablamos de Jorgito Rodríguez. También olvida mencionar el compromiso adquirido por gobierno y oposición, con su testimonio y el de otro supremo olvidadizo, el Sr. Gaviria, de constituir una comisión de la verdad que echara al traste las patrañas del régimen acerca de los hechos del 11 de abril, convertidos en golpe de estado por la más portentosa máquina mediática y financiera del régimen. Que aún no concluye, como lo demuestra el desfile de modelos por la alfombra roja de Venecia.

Da asco que el Sr. Carter pretenda lavar su sucio semblante reconociendo a media voz lo que la oposición venezolana le reclama desde el 15 de agosto de 2004, cuando pudo haber pasado a la historia como el demócrata ejemplar que impidió la consumación de un gigantesco abuso de Poder, prefiriendo ser recordado como el alcahuete que atornilló en el trono a un déspota totalitario.

Lo hizo incluso desde antes de las elecciones del 98, cuando servía al lobby del teniente coronel golpista. Lo siguió haciendo sistemáticamente hasta culminar en los tenebrosos fastos del 15-A. Continuó en su tarea de zapa cuando avaló las maquinitas electrónicas y sus caza huellas, con los que el régimen controló los procesos electorales, mientras rechazaba aceptarla en elecciones domésticas de los Estados Unidos. Siguiendo el mismo desprecio que aplican quienes venden medicinas chimbas y artículos de desecho para estos miserables países del Tercer Mundo a los que desde el 98 tenemos la dudosa honra de pertenecer. A esos países tipo Zimbabue o Bielorusia, que tanto encandilan al tirano. En los que valen las tragaperras electorales que no valen en países civilizados. Y dictadores abominables, hazmesufrir de sus pueblos y hazmerreír de los Carter.

Repugnan estos falsos golpes de pecho de la beatería cómplice de los demócratas del tipo Jimmy Carter. Si por ellos fuera, podríamos pasar cincuenta años bajo el dominio del militarismo vernáculo, recordando los buenos tiempos en que Obama buscaba entendérselas con el sujeto en cuestión y Juanes cantaba en La Habana.

Basta de hipocresías y alcahuetas: ¡Fuera Carter de Venezuela!

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