La novela socialista





En el interior de una humilde vivienda y alumbrados con la tenue luz de una vela, no por romanticismo sino por los recurrentes cortes eléctricos, Ana, con lágrimas de impotencia le vociferaba a Andrés, que esa mierda de quincena que le había dado no le alcanzaba para comprar ni la mitad de lo que necesitaban para medio vivir. ¡Nuestros hijos ya están como niños de la calle y la cosa aquí está cada día peor, o nos mata la inseguridad o el hambre!. El marido de Ana, aún con jabón en las orejas por un baño de totuma, obligado por la suspensión de agua, sólo atinó a recordarle lo que dijo el comandante: “no importa que estemos descalzos, que no comamos, que estemos desnudos,” ¡amor lo importante es la revolución!.

En otro lado de la ciudad, en una vivienda llena de lujos, varios diputados, un ministro y militares socialistas se repartían la comisión de un jugoso contrato público, con whisky King Charles V de ochenta años de añejamiento y en cristales de excepcional calidad, brindaron a la salud del comandante. ¡Que viva nuestro máximo líder!

En el centro, Andrés, quien se rebuscaba con su taxi, se topó con dos jóvenes cuando se devolvía de una arepera socialista que encontró cerrada por la escasez de harina. Los sujetos lo tirotearon para quitarle el viejo vehículo, casi se desangra esperando una ambulancia que nunca llegó. Auxiliado por un mototaxista fue ingresado a un destartalado hospital donde murió cuando en el momento de su intervención se originó un apagón.

Al día siguiente mientras los compatriotas del batallón de Andrés le rendían máximos honores cantando, los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos, el presidente anunciaba nuevos regalos para otros países. Entre las dádivas se incluían, treinta ambulancias, diez plantas eléctricas, y cinco hospitales. Aquel día el mandamás aseguraba que había cogido al toro de la inseguridad por los cachos.

Ana hundida en su desamparo ante la acción delictiva pensó: éste si habla pendejadas, y recordó a Avispado, el toro que fatalmente cornò a aquel valiente estoqueador y banderillero llamado Francisco Rivera mejor conocido como Paquirri.


Johel Salas /Trabajador social

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Simón Bolívar: “Maldito el soldado que dispare contra su pueblo"

Artículo 328 de La Constitucion de la Republica Bolivariana de Venezuela

LEY DE LAS MARCHAS Y/O PROTESTAS