¡Sí saben y sí son!



La verdad es que en esta irrealidad absurda en la que vivimos todos los venezolanos, tanto los que apoyan el proceso de destrucción de Venezuela como los que siempre hemos querido y luchado por un país diferente que camine hacia adelante no podemos creer que volvamos a tener miedo por hablar o escribir libremente, como ocurría cuando Marcos Pérez Jiménez.

Yo fui víctima inocente (tenía cinco años de edad) de la intolerancia de una dictadura, cuando mi padre Aquiles Nazoa fue encarcelado y expulsado del país en el año 1956 por un militar que se creía salvador de Venezuela, apoyado por los cínicos de siempre, que después, cuando vino la debacle, se escudaron diciendo que ellos no eran y no sabían lo que pasaba.

Estábamos durmiendo en nuestra casa de Cagua, en el estado Aragua, cuando la Seguridad Nacional rodeó toda la manzana para apresar a un peligroso delincuente llamado Aquiles Nazoa, que se resistía al arresto con dos armas letales: ideas libres y una máquina de escribir.

¡Qué miedo le tienen los dictadores y los autócratas a la libertad de expresión y a la libertad en general! Ellos prefieren enfrentamientos con pólvora, más que con letras e ideas; por eso todo el que piense en gobiernos autoritarios de izquierda o derecha (valga la redundancia) se convierte automáticamente en enemigo.

A mi padre se lo llevaron aquellos bichos malos sin explicación, y como a los tres días llamaron a mi mamá para decirle que lo sacarían del país por escribir cosas inconvenientes.

Mi madre hizo de todo para conseguir algunos dólares y llevárselos a mi padre al aeropuerto en donde nos dejarían verlo por unos minutos para despedirnos.

Allí fuimos mi mamá y todos mis hermanos. Niños todos a los que nos costaba entender por qué a su buen padre, que escribía poemas, lo tenían esposado en un cuartico.

Mi mamá le entregó una pequeña maleta, algunos papeles y el dinero recogido. Allí estaba mi padre, preso pero no derrotado.

Trataban de humillarlo e intimidarlo, pero cuando se tiene lo que tenía de sobra Aquiles Nazoa: integridad, inteligencia y valentía, es muy difícil que un esbirro humille lo intimide.

A empujones montaron al poeta en un avión de Pan American. Le quitaron las esposas y, en inglés, el piloto ofreció disculpas a los pasajeros porque en el avión iban a deportar a un peligroso delincuente.

Adentro de la nave, mi padre al fin se enteró a donde iba; el avión hacía escala en Panamá y Bolivia.

Él decidió quedarse en Bolivia, pues en La Paz vivía un librero que a la larga resultó ser un ángel llamado Pepe Ballón, con el que mi padre se había carteado un par de veces.

A los seis meses nos fuimos todos a vivir a Bolivia en condiciones bastante difíciles porque papá era millonario, pero lo único que no tenía era dinero. Allí pasamos tres años hasta que cayó la dictadura.

Ahora, ese recuerdo triste de un pensador valiente y perseguido nos da luz en la oscuridad en momentos en que estamos en peligro de que episodios como ese puedan volver a repetirse.

Aunque se sea intelectual, por miedo, por acomodado, por resentimiento o por maldad, se comienza apoyando la intolerancia que antes parecía detestable, y se termina como esbirro: discriminando, censurando, sapeando, persiguiendo, torturando o matando a nuestros amigos.

Así que hoy 15 de junio del 2009, los que apoyan el fascismo de derecha o de izquierda no olviden: ¡sí saben lo que está pasando y son cómplices!







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