Una carta de solidaridad

Señores voceros del comandante Chávez (Diosdado Cabello, Izarra, Aristóbulo Istúriz y otros, algunos de los cuales ya no están con nosotros, los que todavía estamos vivos), me permito dirigirme a ustedes en la oportunidad de manifestarles mi solidaridad por la vaina que les echó recientemente el presidente Chávez a propósito de la reaparición de su enfermedad.


Sé cómo se sienten, he pasado por lo mismo y sé que las personas que lo sufren quedan devastadas; alguna vez se lo hice a mi querida abuela, la mujer más dulce que he conocido, con la que viví los mejores años de mi infancia y que, lamentablemente, solo lo supe años después que la había abandonado. El caso es que todavía me duele haberla dejado como una mentirosa a ella precisamente, que jamás conoció el verbo mentir.


Quiero manifestarles que lo del presidente Chávez con ustedes es imperdonable, pero sobre todo, es imperdonable lo que les ha hecho a algunos santos, beatos, espíritus, especialmente los de la sabana, y hasta personalidades, especialmente a Fidel Castro, a quien se le atribuyen conocimientos sobre lo divino y lo profano tan grandes que jódete Jacinto Convit.


Algunos dicen que ustedes se lo merecen por jalabolas, y en parte yo apoyo esta aseveración, porque ustedes son los campeones de eso que ya se conoce con el nombre de escrotocracia; pero no solo han sido ustedes los que han quedado como zoquetes, porque ¿dónde dejamos a José Gregorio Hernández, al santo Cristo de La Grita, la Virgen de Coromoto, lo más preciado y querido de nuestro santoral, a quien el Presidente, por afán de querer aparecer sano, los ha dejado mal parados?


¡Ah! ¿Y qué me dicen del ánima de Mata e Silva, el Negro Primero, Juan Parao, María Lionza, el Negro Felipe, Nicanor Ochoa, el caimán “patrullero” de Elorza, el mono de Caicara, el sebucán, Guaicaipuro, Tío Tigre y Tío Conejo y, por supuesto, el escapulario de Maisanta?


Creo que el Presidente fue desconsiderado y no tuvo en cuenta lo que estaba en juego: el honor de tanta gente (o sea, el honor de ustedes) y el prestigio de tanto santo y espíritu sabanero que anda por allí.


Él ha dicho que lo perdonemos por el sufrimiento que nos causa por su enfermedad, y de hecho, ya lo perdonamos, no faltaba más. Pero, carajo, yo sé, por experiencia, que jamás a ustedes se les olvidará lo maluco que realmente ha sido dejándolos a todos como una cuerda de g… afos.









Énder Arenas Barrios / 
Sociólogo



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