Jueces del horror


El año pasado, mi apreciado condiscípulo y magistrado, Fernando Vegas Torrealba, es quien – por marxista convencido desde temprana edad - demanda de los jueces, en la apertura del Año Judicial, castigar a los disidentes de la revolución. Hoy es su colega, Arcadio Delgado, quien en igual circunstancia aboga por el Estado total, en otras palabras, por la judicialización de la ilegalidad en Venezuela.


Fernando pide a sus colegas hacer propio un imaginario ideológico que no consta en la Constitución, y el último acude a Carl Schmitt, artesano jurídico de Hitler, para sostener que ningún individuo posee entidad o acaso puede pretender derechos fuera del Leviatán. En otras palabras, sólo cabe predicar la existencia del hombre dentro del Estado, que al paso encarna en su líder, a saber y en nuestro caso, el Comandante Presidente, suerte de Führer del siglo XXI.


Se entiende así, no de otra manera, cuanto ocurre en la Justicia venezolana, usada para perseguir a los disidentes, como lo constata la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Se explica, dado lo anterior y sin remilgos, que el resto de los poderes atropelle sin misericordia e impunidad "total" a la Constitución o la interpreten a conveniencia o en acuerdo a las situaciones de ánimo variables que acuse la cabeza y encarnación del todo y de todos, el dictador; pues para eso están los jueces, para limpiar y purificar sus excrecencias revolucionarias. 


En el caso del magistrado Vegas, su discurso – sin compartirlo, obviamente – es coherente y elabora una tesis que opone con audacia a la milenaria cultura occidental y cristiana que nos acompaña. No le basta la experiencia fallida del socialismo real y como tozudo reincide. Mas tratándose de la “pieza oratoria” del magistrado Delgado, cabe decir que es un inédito galimatías.


Avanza hacia su idea del Estado total, que arguye como distinto del Estado totalitario pero sobre la obra de Schmitt, forjador al último, y lo hace emparentando a R. Carré de Malberg, al citado jurista nazi, a Thomas Hobbes, con el epígono de la filosofía jurídica contemporánea, Luigi Ferrajoli. Toda una indigestión.


Huelga referir lo que pasa por alto en su exposición Delgado, a saber que Carré, famoso por su Teoría General del Estado, la escribe para tachar lo sacrílego, el Estado total, totalizante o totalitario que ahora se nos ofrece a los venezolanos: “Desde1871 hasta 1914 – escribe el jurista francés - el mundo tuvo que vivir bajo la creciente amenaza de la hegemonía alemana… Así que, en una Europa militarizada y siempre dispuesta a entrar en guerra, el concepto de Estado se había desarrollado principalmente en el sentido de las ideas de fuerza, de potestad y también, por lo tanto, de dominio sobre los miembros individuales de la colectividad nacional”.


Ferrajoli, a su turno, protesta desde Italia “la progresiva degradación del valor de las reglas de juego institucional y del conjunto de límites y vínculos que las mismas imponen al ejercicio de los poderes públicos”; justamente para cuidar de los derechos y garantías de la persona humana, por considerarla anterior y superior al Estado. 


En fin, el magistrado de marras cuestiona y pretiere, además, a la sociedad civil, por discriminatoria de las “otras” sociedades que advierte en su sesuda reflexión, como la “militar” o las “clases populares”. Y predica la desaparición de aquélla y la fusión del pueblo en el Estado, bajo la autoridad de su gendarme. Tanto que en atropellado uso que hace de lo escrito por Hobbes – a buen seguro en resumen de ocasión, que obtiene del ciberespacio – vuelve al Medioevo y nos habla del hombre como lobo del hombre y de la solución totalitaria que dicho tiempo ofrece y en lo adelante promete el Socialismo del Siglo XXI.


No repara este juez, intoxicado de sabiduría, que el propio autor de El Leviatán, así como tilda a los magistrados de "nexos artificiales" es quien discierne – incluso en el sugestivo título de su obra sobre la república eclesiástica y civil - acerca de lo civil como referente a la ciudad, a la ciudadanía, a lo temporal, a lo específico del hombre e inherente a los espacios de su libertad personal o familiar. Es lo distinto de lo atemporal o religioso.


Arcadio Delgado Rosales es miembro como Vegas del TSJ, representa a su pleno en la inauguración del Año Judicial, e integra la Sala Constitucional de aquél, así se excuse afirmando - en arresto de incoherencia - que habla como individuo en un acto solemne del Estado. La reivindicación de Schmitt como paradigma por nuestros jueces supremos y su adhesión a la dictadura fascista, en términos similares a como otrora lo hacen los “jueces del horror” del Nacional Socialismo, revela, sin más, el origen de nuestra tragedia y la impunidad con la que se suceden las alteraciones graves del orden constitucional, sin que nadie se sorprenda. 


La aprobación por la Asamblea de la “Ley Sapo”, que a todos nos transforma en sospechosos y obliga a la delación; la incitación por el dictador a la milicia profesional, para que desconozca a la soberanía popular si intenta expulsarlo del poder; su celebración como fecha patria de un golpe militar fallido y antidemocrático como el del 4F; y el nombramiento, como Procuradora General, de Cilia Flores, a quien no se le conoce carrera docente universitaria o escritura de textos jurídicos alguna y menos trayectoria judicial, salvo el único acto de ejercicio como picapleitos que alega y es falacia - pedirle al Presidente Caldera sobreseer graciosamente al golpista quien ocupa Miraflores- son, a todas luces, bagatelas.



Asdrúbal Aguiar

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