Cuesta arriba


¿Cómo convencer a un pobre que su condición de paupérrimo tiene poco que ver con la clase media, el imperio, o la tan cacareada "desigual distribución de las riqueza"? ¿Cómo persuadirlo que el rancho está en la cabeza y no en el bolsillo? Que la pobreza es optativa y muy mala, mientras que la riqueza es realmente buena y muy beneficiosa. Que su desgracia está dada por la falta de motivación y ganas de superación. Que en este país, el que trabaja sale de abajo. Que nivelar por lo bajo, eliminado los "ricos" para que sólo existan pobres como en la fracasada y empobrecida Cuba es un tremendo disparate que ya todo el mundo comunista comprobó.

Si todos fueran ricos no hubiera ningún problema, el problema lo constituyen los pobres. En las naciones desarrolladas, el 90 por ciento de la población resolvió el problema de la pobreza hace décadas y ahora se dedica a gastar para mejorar su nivel de vida mediante la sabrosa sociedad de consumo. Se trata del triunfo abrumador del capitalismo sobre el obsoleto, anacrónico y vacío socialismo.

Lo antes expuesto es la cruda realidad. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Porque es obvio que el candidato presidencial que base su campaña en aclarar esta premisa al 60 por ciento de la población (pobreza) no tiene la más lejana opción al triunfo así no existiera el chavismo.

El innombrable, sin duda alguna, es el demagogo populista más exitoso en la historia de este sufrido planeta. Tiene las condiciones ideales para serlo: un pueblo empobrecido, poco cultivado con escasas ansias de progreso y por otra parte, mucho dinero para gastar irresponsablemente.

Al candidato opositor sólo le queda seguir ofreciendo pan y circo en un país donde lo que hace falta es producir más y regalar menos, con la desventaja de que ya todos los regalos populistas están ofrecidos y repartidos, y en demagogia nadie le gana al dictador. Que oiga quien tiene oídos...





 Ernesto García Mac Gregor /
 Médico 






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