Los dos días de diálogo del nuevo Chávez




Era ya alta madrugada de un domingo de abril de 2002 cuando el nuevo presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se deshizo de la gastada ropa de prisionero para enfundarse el traje militar de faena. Con ese uniforme aparecería poco después ante las cámaras para saludar de nuevo al país. Habían pasado 48 horas desde que una marcha pacífica de cerca de un millón de ciudadanos, reprimida a su vez con tanques y disparos, le obligaron a dejar la Presidencia. Consciente de su fragilidad, el nuevo Chávez apareció conciliador y evitó sus usuales excesos verbales. Pidió la reconciliación y rectificación de todos. Asumió sus errores, prometió no perseguir a los opositores y auguró una nueva época de intenso diálogo con posturas contrarias a la suya. Esas promesas duraron apenas dos días, cuando arrancó la persecución a la oposición y a las Fuerzas Armadas.

Todo lo dicho por el nuevo Chávez en aquel domingo de hoy hace siete años terminaría siendo el perfecto manual de lo que el Gobierno nunca iba a realizar. “Vengo dispuesto a rectificar donde tenga que rectificar”, arrancó un Chávez que a ratos sostenía un crucifijo blanco entre las manos. En privado, el cambio aún fue más amable. De traje y corbata en uno de los salones de Miraflores, el Presidente aseguró a la prensa internacional que iba a mimar a los opositores. “Si a nosotros se nos pasa la mano será hacia el lado del humanismo, del respeto a todos los derechos”. “No vengo con odio”, continuó el Chávez de la madrugada del domingo. “No habrá atropellos, persecuciones ni abusos. No habrá irrespeto a la libertad de expresión y pensamiento, así que ninguna retaliación. Aquí no habrá cacería de brujas”.

No hubo caza de brujas pero sí de militares. Cuarenta y ocho horas después de pronunciar aquella locución, el Gobierno ya había detenido a un centenar de militares. El espionaje castrense persiguió en menos de una semana a 350 jefes y oficiales. El anunciado proyecto de crear un consejo federal de Gobierno para “abrir la senda del diálogo” murió cubierto de telarañas en algún cajón olvidado de Miraflores. Apenas una semana después del 11-A, Chávez recuperaba ya su viejo discurso, acusando a los medios privados de “golpistas”. El amago del nuevo Chávez quedaba olvidado, aunque el viejo discurso pendenciero también evolucionó. Fue a más.

La revolución sube de vueltas

“En esa segunda etapa como presidente, Chávez empezó a radicalizarse, a alejarse aún más de la conciliación nacional que prometió”, sostiene el analista político Julio Ramos. Según Ramos, Chávez buscó excitar a las clases más pobres al pensar que así su proyecto lograría mayor apoyo social frente a la oposición. Arrinconar a un país ya muy dividido por los 19 asesinatos ocurridos el 11 de abril. Existe una foto que delata el cambio hacia la radicalización del Presidente. Es la de la última alocución de Chávez antes de abandonar el poder. En ella se ve al Presidente hablándole al pueblo vestido de ejecutivo, pidiendo normalidad. Ni rastro de la típica boina roja ni la guerrera que apenas abandonó desde entonces. “Cuando Chávez prometió diálogo ya sabía que iba a andar hacia el otro extremo”, apunta Ramos. También le proveyó de nuevos enemigos: tras ese golpe Chávez empezó a denunciar miles de conspiraciones de la CIA, cientos de planes del imperialismo estadounidense para asesinarle.

No es una suposición alocada. El propio Chávez la expuso a finales de ese mismo 2002, cuando anunció el endurecimiento de su revolución sólo medio año después de prometer lo contrario. “El 2003 va a ser un año de avance de la revolución, de aplicación a fondo de la Constitución y de las leyes de la República, de revolución agraria”, afirmó con media Venezuela agonizando en las colas de los surtidores de gasolina, en plena huelga petrolera. Más adelante el significado de ese “avance en la revolución” se concretaría en otros abusos: la persecución y acoso a los miles de ciudadanos que solicitaron el referendo revocatorio de 2004, la persecución judicial a la oposición y que ahora se ceba en el alcalde de Maracaibo, Manuel Rosales; la detención, concretada la semana pasada, del principal organizador del rescate de Hugo Chávez cuando éste estaba prisionero en la isla de La Orchila en esos días de abril de 2002, Raúl Isaías Baduel, entonces mano derecha y salvador de la revolución bolivariana, pero hoy en la cárcel.



Opositores a favor de Chávez

La oposición también alentó esta huida hacia adelante empezada hace siete años. La alianza popular que expulsó a Chávez del poder quedó hecha trizas con el primer decreto-ley del nuevo presidente, Pedro Carmona, anterior presidente de Fedecámaras que aprobó un texto sin consenso y de aire ultraconservador. La oposición quedó dividida y los partidarios de Chávez se echaron a la calle por miedo a un regreso de la derecha radical. Esos enfrentamientos provocaron una oleada de saqueos y una cincuentena de muertos, la mayoría por impactos de bala.

También empujó a muchos militares indecisos al rebaño de Chávez, por miedo a que el nuevo gobierno no fuera más que otra dictadura derechista. Ese primer decreto dotaba a Carmona de poderes ilimitados y hasta anulaba una Constitución aprobada en referendo. El historiador Jorge Olevarría, destacado crítico de Chávez, la consideró “una de las más grotescas mamarrachadas de la historia venezolana”. En esas primeras horas de duda, el fantasma del revanchismo hizo entrar en colisión a todos los agentes que forjaron la marcha a Chávez: militares, políticos y ciudadanos. Para cuando Carmona se avino a retocar ese decreto, el regreso del viejo presidente ya estaba decidido. Y cuando llegó, Chávez fue más astuto: mantuvo un discurso de conciliación en espera de que las aguas se calmaran.

“Si la oposición hubiera actuado con inteligencia, buscando un acuerdo común y respetando el marco constitucional, hoy las cosas serían muy distintas”, cree Ramos. No es el único. “¡Mire...! ¡Yo creí que usted era un hombre serio!”, fue la respuesta que le escupió en 2002 el líder sindical Carlos Ortega al presidente Carmona. Éste había prometido a Ortega sacrificar parte de los intereses de la patronal para buscar una postura común entre trabajadores y empresarios que diera fuerza social al nuevo gobierno. Ortega, que mantenía posturas muy contrarias al chavismo, se vio obligado a notificar a Carmona que no contara con el aliento de los trabajadores. Ramos lo resume con tristeza: “La propia oposición se cortó los pies y provocó más que nadie la vuelta de Chávez. Toda una lección a aprender”.



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