El ilusionista venezolano



Así como en economía, en Venezuela se describen dos períodos que se repiten: nos referimos al de expansión del consumo y de contracción del consumo siempre ligado a la renta petrolera. En el imaginario sociopolítico del venezolano, más bien en su percepción de país y de futuro, pasamos también irremediablemente por dos períodos: en uno pensamos que todo va bien, porque podemos comprar cosas, en otro pensamos que nos va mal porque el consumo decae.

Ahora el venezolano que compró carro hace tres años, lo está tratando de vender, y todo aquello con lo que se encariñó, pero que no era tan necesario, ya lo mira con ojos de querer venderlo, pues es imposible entrar a un mercado sin sentir una fuerte preocupación, depresión y malestar ante el tamaño de la imponente cuenta y el disminuido bolsillo que todos cargamos, y el 10 por ciento de aumento salarial no cambiará esta situación en nada.

Pero, por qué la gente no protesta. La respuesta es que no todos los venezolanos culpan al Gobierno de la situación económica difícil que atraviesan. Otra cosa es que un sector importante de quienes viven en este país parten de una situación de desabastecimiento y de déficit de ingreso tal, que no tienen manera de evidenciar la contracción del consumo en la misma magnitud siempre y cuando se mantenga la política (no sostenible) de la regulación de los bienes de consumo de primera necesidad. El venezolano común sabe que su economía no anda bien, pero todavía no se detiene a considerar la génesis de esa situación, ya que aún queda el remanente de ese otro período de ilusiones y se acuesta con la idea de que esto va a mejorar.

Este colchón de esperanza creo ha disminuido el tiempo de rechazo al Gobierno nacional. La disminución del consumo va a terminar por arropar a todos los venezolanos, haciendo evidente una desmejoría en comparación con el pasado reciente, lo cual terminará reflejándose en una nueva pérdida de legitimidad de quienes nos gobiernan, tal cual sucedió en la anterior crisis de legitimidad de los partidos (hace dos décadas).

La manía ilusoria del venezolano, con su particular forma mágica de creer que el país puede ser otro, en un baile, somos ricos, somos pobres, nos ha hecho mucho daño para la construcción de un país real. Creo que al menos en este momento histórico la dura realidad de nuestro bolsillo va a hacernos cansar más rápido de la magia del Gobierno nacional.


Natalia B. Sánchez

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