¡Aló, exprópiese!


Indignación, miedo y conmoción ha causado la devastadora ola de expropiaciones que el Presidente de la República ha puesto a correr en los últimos días. En 34 días, 26 empresas pasaron a manos del Estado. Y lo primero que debemos resaltar es que no se trata de expropiaciones en el sentido verdadero del término.
Al mandatario le encanta eso de gritar ¡Exprópiese! en cadena nacional de radio y TV, restregando en los rostros de ciudadanos indefensos cuánto poder tiene, cómo la revolución lo autoriza para saltarse los más elementales principios jurídicos de universal aplicación.


Y vale la pena aclarar primero que nada que la expropiación es una figura legal que sí existe, pero que es muy distinta al enorme disparate que se está haciendo actualmente en Venezuela, un verdadero atropello a la propiedad privada.


La expropiación debe ser con fines de utilidad pública, es decir, que se demuestre que para un beneficio del colectivo es imprescindible disponer del bien expropiable; se decide mediante profundos y serios estudios de especialistas –abogados, ingenieros- quienes documentan el caso. Y finalmente es ejecutada por el poder judicial, no por el Presidente.


Por si esto fuera poco, se les paga un precio justo, tras un avalúo, a los afectados. Ninguno de estos supuestos se cumple en el terremoto expropiatorio venezolano. Más bien estamos cerca de las confiscaciones, las cuales no compensan al propietario; pero suponen que son bienes mal habidos. Caso que no tiene nada que ver con lo que hemos presenciado.


El gobierno comenzó estatizando empresas privadas eficientes como La Electricidad de Caracas y Cantv. Una decisión cuestionable, dada la manifiesta impericia del Estado para administrar empresas y el deterioro del servicio que suele venir tras estas decisiones. Sin embargo, el régimen alegó “razones de seguridad”, que suelen ser la justificación de acciones de este tipo. Está bien, al menos se compraron las empresas, se pagó.
Pero es tal la voracidad, el ansia de poder, la soberbia y el deseo de venganza, que no fue suficiente. Había que echarle el guante a más y a más y a más. Y el dinero no alcanzaba. Por mucho que nos entre gracias al petróleo, es también mucho lo que se va en mantener la grosera estructura clientelar de la burocracia gubernamental y en hacerle propaganda a la revolución por el mundo, en comprar aliados, en mantener franquicias revolucionarias en otros países. Por eso, lo que se quiere se toma y ya.


Las excusas para las más recientes expropiaciones –vamos a llamarlas así- son insólitas. De Owens Illinois, prestigiosa empresa multinacional fabricante de vidrio, se dice que explota a sus trabajadores. De los complejos habitacionales tomados a la fuerza, se asegura que iban retrasados en su construcción.
Para ninguno de los casos expuestos, la vía era la expropiación o confiscación. Existen instancias legales, cuando los países funcionan como debe ser. Existen fallos judiciales para ordenar lo que hay que hacer. Existen multas. Nada de eso se hizo aquí.


Si el retraso en las obras es excusa para expropiar, entonces hay que tomar el Bus Caracas, por ejemplo. Y si los atropellos a los trabajadores son excusa para expropiar, vamos a preguntarles a los empleados públicos que no pueden tener sindicatos, qué piensan.


Desde hace rato el cemento y las cabillas están en manos del gobierno; pero la construcción se encuentra peor que nunca. Que para muestra baste este botón. El delirio del gobierno nos lleva a la ruina como país.



David Uzcátegui

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