APRENDIENDO DEL IMPERIO

Basta pasar una semanita en cualquier urbanización de un suburbio estadounidense (u otro país desarrollado) para notar el abismo que nos separa en civilización y civismo. En el Imperio, los semáforos, “pares” y pasos peatonales se respetan, no porque vengan carros o transeúntes, sino porque se trata de la ley. Nadie se traga la flecha con la excusa de que va allí mismito, ni mucho menos maneja bajo influencia alcohólica a la salida de una fiesta. El bebé tiene que ir abrochado en silla de seguridad solito en el puesto de atrás. Aquí el ignorante papá lo pone a manejar entre él y el volante mientras contesta el celular, y por supuesto que el cinturón de seguridad no lo usa porque aparte de abracar al nene, le arruga la guayabera.

Allá en el Imperio, los fuegos artificiales silenciosos no provocan infarto a los vecinos ni hacen que los perros neurotizados se encaramen por las paredes. Y por supuesto, no despiertan a nadie a las cinco de la madrugada con los tumba ranchos de pueblerinas fiestas patronales. No se ven bolsas de basura rotas y esparcidos los desechos por doquiera, ni container repletos de inmundicias emanando vahos pestilentes por arriba y segregando zumos putrefactos por debajo que junto con los “votes de agua” y desperdicios de construcción, convierten las orillas de las calles en acequias de limo verde que ni el amado sol puede evaporar.

No hay huecos centenarios en las avenidas, ni trampas tragagente en las aceras, la mayoría de éstas transformadas en improvisados estacionamientos para repentinos cuchitriles. Aquí no se limpia el frente de la casa sino que se permuta la mugre al vecino, y el jardín se asea a costa de ensuciar el terreno lindante. Enelven amputa árboles por arriba mientras que la red de gas los envenena por debajo. Asfaltan las calles y la brea sobrante la vierten en las recién inauguradas aceras. Las jardineras centrales reciben un chorro gigantesco desde un camión a tres metros de altura que salpica las calles de arena para que más tarde, los salcerines la recojan, la viertan de nuevo y así completar el círculo vicioso de la inoperancia.

Lo peor del caso es que esta falta de motivación colectiva y fugaz civismo está reglamentada y penada por la ley, sin embargo, nadie le para. Que oiga quien tiene oídos...

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