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Simplemente, éramos felices pero no lo sabíamos.

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Yo nunca fui adeco ni copeyano, pero siempre en mi casa había papel tualé, harina PAN, pollo, etc. No me gustaban esos gobiernos por muchas razones, pero sin darme cuenta era feliz cada vez que iba al baño, le ponía azúcar al café, me comía una arepa o un pollo. Nunca hice colas humillantes para comprar nada, y, ojo, tampoco tuve dinero en exceso: vivía de mi sueldo de profesor. Antes, si uno quería ir a Margarita o a Mérida, se acercaba a una agencia de viajes , y compraba su pasaje y no me lo van a creer: ¡siempre había! Existían ferrys que flotaban; todos estudiábamos en las universidades, y, aun siendo comunistas, conseguíamos empleo con los adecos y los copeyanos. Los artistas podíamos presentarnos en cualquier teatro y nadie nos censuraba. En la época de los adecos y los copeyanos se inauguraron maravillosas autopistas y los mejores hospitales que se han construido en Venezuela; se construyó el Teatro Teresa Carreño, el Poliedro. En diciembre, en los gobier...